Archivo mensual: agosto 2011

Todo para los estudiantes, pero sin los estudiantes

Teresa Marinovic es una Licenciada en Filosofía que gusta escribir columnas controversiales hasta tal punto que muchos hemos creído que se trataba de un experimento social. Pero no, de momento parece que la señora es real y lo que escribe va con honestidad. Su última columna se titula “Estudiantes: tomen asiento y oigan“. Esto ya genera en mi una sensación incómoda, pues siempre he sido de la creencia que para generar nuevas formas de hacer pedagogía tenemos que escuchar lo que desean los estudiantes, sus ideas para generar nuevos espacios de enseñanza. Apartarlos de esas decisiones es, en parte, lo que ha generado la actual crisis educacional: muchos apuntan al desinterés de los estudiantes, pero lo cierto es que si nunca se les ha preguntado qué les interesa, con qué profesores se sienten más cómodos, si prefieren clases prácticas o teóricas, etcétera, ¿qué interés podrían tener?

 

Marinovic habla de los secundarios de la siguiente forma: “No tienen derecho a voto. No pueden celebrar un contrato. No son jurídicamente responsables de lo que hacen. Son menores de edad”. Y luego, señala que los universitarios “no han terminado sus carreras; las congelaron para dedicar su tiempo de estudio al activismo político. No son alumnos de excelencia. No tienen experiencia y mucho menos ciencia en materia de educación, pero la exigen gratuita y de calidad”. Por estas razones, “no son interlocutores válidos”.

En primer lugar, me parece tremendo que una Licenciada en Filosofía considere que el nivel de participación legal tenga alguna importancia. En la Antigua Grecia se excluía a las mujeres de la ciudadanía, hoy excluimos a los menores de edad. Sin embargo, esa exclusión no tiene fundamento real: muchos chicos menores de edad son capaces de analizar el mundo de manera mucho más profunda que adultos de cuarenta, cincuenta o sesenta años. La autonomía intelectual -entendiéndola como un pensamiento ya no pasivo, sino crítico y juicioso de lo que nos rodea- no se alcanza a una edad determinada, sino luego de una serie de procesos y experiencias. Muchos adultos aún no alcanzan dicha autonomía (es más, muchos políticos -esos que sí van a tener voz y voto en las decisiones- son incapaces de cuestionar costumbres o modelos como el rodeo, la familia o la escuela tradicional).

En segundo lugar resulta penoso que Marinovic resalte que ciertos universitarios no son alumnos de excelencia. La excelencia se mide con calificaciones y estas pueden ser un método falaz para saber qué tanto conoce una persona en relación a lo que estudia: existen formas de copiar durante las pruebas presenciales, los ensayos se pueden comprar, durante una evaluación el estudiante puede estar pasando por un mal momento y un largo etcétera de variantes que influirán en esos numeritos que a la gente tanto le gusta recalcar (Andrea Pretch ofrece una interesante reflexión sobre este tema).

No es la carencia de título universitario, las calificaciones o la edad lo que hacen a un interlocutor válido, sino la calidad de sus ideas y argumentos; de ahí que generalizar al respecto sea un garrafal error. Me parece que la recomendación de Marinovic hacía los estudiantes (“guarden silencio”) no sólo es discriminatoria, sino que además es perjudicial. Si de verdad se quiere mejorar la calidad educacional con quiénes más deberían dialogar es con los niños y jóvenes. Mi llamado no es a que sólo entre la juventud se tomen las decisiones, sino que en conjunto se arme un nuevo sistema; que todos (educadores, economistas, abogados, estudiantes, políticos, cesantes) hablen y escuchen, que se fomente la participación y no la exclusión.

“Enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades para su propia producción o construcción”.
- Paulo Freire


La maternidad según Simone de Beauvoir

El apartado de maternidad en El segundo sexo de Simone de Beauvoir es una de las lecturas más enriquecedoras que puede hacer una madre: definitivamente lo recomiendo. Para la filósofa, la maternidad debía ser producto de la libre elección de la mujer, por eso estaba a favor de la anticoncepción y del aborto. Asimismo afirmaba que la opresión de la mujer conllevaba a la opresión de los hijos y que difícilmente mujeres insatisfechas podían ser “buenas madres”. Una mujer que quiere ser o es madre, decía, debe velar por su propio bienestar: si ella no está bien, los hijos tampoco.

“Otra actitud bastante frecuente, y que no es menos nefasta para el niño, es la devoción masoquista: algunas madres, para compensar el vacío de su corazón y castigarse por una hostilidad que no quieren confesarse, se hacen esclavas de su progenie: cultivan indefinidamente una ansiedad morbosa, no soportan que el hijo se aleje de ellas; renuncian a todo placer, a toda vida personal, lo cual les permite adoptar una actitud de víctimas; y de estos sacrificios extraen el derecho a negar al hijo toda independencia; esta renuncia se concilia fácilmente con una voluntad tiránica de dominación; la mater dolorosa hace de sus sufrimientos un arma que utiliza sádicamente; sus escenas de resignación engendran en el niño sentimientos de culpabilidad que, a menudo, pesarán sobre él durante toda la vida: esas escenas son aún más nocivas que las escenas agresivas”. (501).

Este análisis fue hecho hace poco más de 60 años. ¿Les suena familiar? En nuestra cultura occidental es muy común que las madres caigan en este tipo de actitudes y, como bien señala Beauvoir, el daño no es menor. Lo peor es que las condiciones sociales tampoco favorecen las alternativas. Actualmente, la mujer no sólo tiene que hacerse cargo del hogar y del cuidado de los hijos, sino también del trabajo, ya no como opción para realizarse profesional o intelectualmente, sino como obligación: el costo de vida es demasiado alto como para un solo sueldo. La mayor parte de las encuestas y estudios hechos sobre el tema concluyen que la mayoría de los hombres contribuyen poco o nada en lo referente a las “tareas domésticas” [1] [2] [3] [4]. Todas estas responsabilidades traen consecuencias, como por ejemplo una excesiva exigencia hacía los hijos.

En cuanto a este tema, también es importante destacar otra cita de Beauvoir: “el ideal doméstico contradice el movimiento de la vida; el niño es enemigo de los pisos encerados. El amor maternal se pierde a menudo en reprimendas y cóleras dictadas por la preocupación de mantener un hogar bien puesto. No es sorprendente que la mujer que se debate entre esas contradicciones pase con mucha frecuencia sus jornadas llena de nerviosismo y acritud” (512). Porque claro, el hecho de que los hombres no ayuden en el hogar puede producir muchas frustraciones, pero también lo producen las exigencias sociales en torno a esto.

Miren, una pequeña confesión personal: hace años que no plancho ropa. De vez en cuando y si lo considero necesario, plancho algunas prendas, pero en general trato de prescindir de esa labor que, a mi juicio, es innecesaria. Junto con esto he tratado de poner todo lo referente al orden de la casa en segundo plano. Mi madre se horroriza cuando ve que hago esto, pero vamos: ¿qué es más importante: el orden de la casa o la salud mental de los individuos de la familia? Como señala Beauvoir, muchas madres pierden tanto tiempo gritándoles a sus hijos, quejándose por las cuestiones domésticas y haciendo cosas innecesarias en el hogar (y todo esto sin mencionar el trabajo remunerado), que ni siquiera pueden disfrutar de sus hijos, de la vida familiar o de un tiempo para sí mismas.

Muchas personas dicen que Simone de Beauvoir estaba contra la maternidad. Después de leer su libro y releer el capítulo referente a la maternidad me doy cuenta de que no es cierto. Beauvoir estaba a favor de una maternidad consciente y libre, desligada lo máximo posible de roles y exigencias sociales. Una maternidad que buscara formar individuos igualmente libres y no apéndices de sus m(p)adres. Una maternidad que no fuera la finalidad de la mujer, porque cuando ponemos la maternidad como última meta y los hijos crecen y se van, ¿qué queda?. Para finalizar dejo una cita a Wilhem Sketel que hizo Beauvoir en El segundo sexo:

“Los hijos no son un ersatz del amor; no reemplazan un objetivo de vida rota; no son un material destinado a llenar el vacío de nuestra existencia; son una responsabilidad y son un pesado deber; son los florones más generosos del amor libre. No son el juguete de los padres, ni la realización de su necesidad de vivir, ni sucedáneos de sus ambiciones insatisfechas. Los hijos son la obligación de formar seres dichosos” (509).

  • Beauvoir, Simone. El segundo sexo. Buenos Aires: Sudamericana, 2008

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