Archivo mensual: septiembre 2011

A propósito de los #pilarsordismos

¿Por dónde partir, si cada momento de este vídeo me provoca una tremenda bocanada de rabia? Es que resulta tan molesto que una mujer con semejantes comentarios haya logrado un título universitario de psicología y que más encima tenga cabida en conferencias, programas de televisión y periódicos. Molesto, porque es ese el tipo de psicóloga que se hace oír por la mayoría y no psicólogas como Leslie Power o Rosa Jové.

Partiré por su primer comentario: “¿Qué chico va a querer comer porotos? O sea, objetivamente no hay ninguna posibilidad de que quiera comer legumbres a voluntad. Entonces, yo creo que hay un tema de autoridad, hay un tema de que yo no le puedo preguntar a los chicos todo lo que quieren”. Lean esa cita con atención: ¿no sienten que las palabras “objetivamente” y “no hay ninguna posibilidad” no deberían estar en esa oración? Sordo (apropiado apellido, por cierto) comete una generalización indebida, pues obviamente no conoce los hábitos alimenticios de todos los niños. En mi propio hogar, por ejemplo, mi hermana de 10 años adora las legumbres, también mi hija de 1 y yo misma.

Pero aún más importante es que involucre el tema de la autoridad con la alimentación. Por un lado, creo que más que autoridad se trata de un tema de hábitos alimenticios en la familia. Es probable que si los padres dan el ejemplo comiendo determinados alimentos y se crea una atmósfera de convivencia al cocinar, los hijos van a comer de buen gusto el plato de comida, sea cuál sea. Además, ¿qué se puede hacer, obligarlos? La nutrióloga Bridget Swinney señala que:

“Los estudios llevados a cabo demuestran que los niños nacen con un control adecuado de la ingesta de alimentos. Comen cuando tienen hambre y dejan de comer cuando se sienten saciados. Somos los adultos quienes enseñamos a los niños que deben comer  en las horas de las comidas, incluso si no tienen hambre. Un niño al que se le obliga a comer pierde su capacidad natural para controlar la ingesta de alimentos”. [1]

El pediatra Carlos Gonzalez, en su libro Mi niño no me come también señala que obligar a comer no es la solución y explica que los niños tienen gustos muy variados a lo largo de su vida [2]. Tanto Gonzalez como Swinney coinciden en que todos tenemos períodos en que algún alimento nos desagrada y es algo que debe respetarse.

Siguiendo con el vídeo, Pilar Sordo se espanta de que los padres le pregunten a sus hijos si quieren ir a ver a la abuela. Me pregunto, si un chico no quiere ver a su abuela, ¿no será por algo? Quizás tiene mejores cosas que hacer que evitar “perder el contacto con su historia”. No entiendo porqué un padre debiera inmiscuirse en ese aspecto de la vida de su hijo, ya que ¡es su vida! Obligar a un niño o adolescente a visitar a su abuela no va a hacerlo comprender lo importante que es dicho vínculo, sólo lo va a alejar más de la abuela.

¿Soy la única a la que las risitas de la tal Susana, de Pilar y de la tropa de mujeres en esa jornada le provoca urticaria? Me causa un desagrado tan grande ver su “adultocentrismo”. No le veo nada de malo en preguntarle a tu hijo cosas, hacerlo partícipe de un vínculo horizontal con uno (no somos sus jefes, no somos sus dueños) y decidir, entre todos, actividades a realizar. No entiendo la aversión a que la familia sea un lugar grato, sin tantas presiones. Esa concepción de que ser padres es “ser jodidos” aún no me cabe en la cabeza, sigo pensando que es una forma terriblemente aburrida y molesta de ser padres. Pilar Sordo señala que siendo grato los hijos no se educan, pero esa suposición no tiene ningún respaldo. Si eso fuera cierto, pedagogías como la de Montessori o lo que se realiza en Regio Emilia (Italia) hubieran fracasado. Por el contrario, son ejemplos de calidad a nivel mundial [3] [4] [5].

Otro lugar común que repite Pilar Sordo es eso de los derechos y los deberes. Ante cualquier mención de los Derechos del Niño, los adultos saltan clamando por sus deberes, pues creen que estos derechos implican una perdida de la autoridad. Pero como indica Emilio García Mendez, los padres no pierden autoridad, pierden autoritarismo. La diferencia entre ambas es que la primera tiene motivos de peso, una razón de ser y la segunda sólo se limita a “porque lo digo yo” [6]. Me parece que Sordo, cuando se refiere a la autoridad, en realidad lo que tiene en mente es autoritarismo: le gusta que las cosas se hagan a su pinta, en buen chileno.

¿Y qué pasa con los deberes? En mi opinión, cada hogar debiera establecer los deberes de sus hijos, siempre sin pasar a llevar sus derechos. En mi caso, no me horroriza que un niño no salude, pero sí considero importante participar de las labores del hogar (cocinar, limpiar). Aunque prefiero la idea de que los chicos enfrenten las consecuencias lógicas de sus acciones y no de andar persiguiéndolos para que hagan las cosas: si no limpia su pieza, tiene que lidiar con su desorden o si no lava su plato, no podrá usarlo luego (para profundizar en el tema de las “consecuencias lógicas de las acciones” pueden leer Padres respetuosos, hijos responsables de Barbara Coloroso).

En la Jornada tanto Pilar Sordo como Susana hacen constantes menciones al miedo que los padres sienten hacía sus hijos. Pues me gustaría citar una vez más a García Méndez: “Quién le tuvo miedo a sus padres, le tiene miedo a sus hijos”.

Pilar Sordo, no sólo en esta Jornada, sino en varios textos personales y entrevistas [7] repite que no podemos ser amigos de nuestros hijos. Sin embargo, yo creo que sí podemos ser sus amigos. Así como las relaciones de pareja se forman de varias aristas (amistad, pasión) la m[p]aternidad conlleva amistad, entre muchos otros aspectos. Quitar ese detalle tan rico, tan entretenido, me parece que es quitarle toda la diversión, todo el disfrute a la crianza. Y, aún más peligroso, genera el amargo sentimiento de querer que los hijos nos correspondan porque dimos mucho por ellos. Si disfrutáramos de verdad nuestra m[p]aternidad, no querríamos nada más a cambio que nuestros hijos sean felices, ¿no?

“La posición del padre o de la madre es la de quien, sin ningún prejuicio o disminución de su autoridad, humildemente, acepta el papel de enorme importancia de asesor o asesora del hijo o de la hija. Asesor que, aunque batiéndose por el acierto de su visión de las cosas, nunca intenta imponer su voluntad ni se exaspera porque su punto de vista no fue adoptado”. – Paulo Freire

  • [1] Citado en Rosas, María. El arte de hacerlos comer. México D.F: Cengage Learning, 2008; p. 30.
  • [2] Gonzalez, Carlos. Mi niño no me come. Madrid: Temas de hoy, 2004; p. 74.

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