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¿Felicidad?

No sé como titular esto. Estaba pensando… En todo. Ni siquiera tenía un hilo de ideas específico. Sólo estoy divagando pensando en lo genial que me siento en este momento. No es la clase de felicidad hiperactiva que se siente cuando pasa algo bueno, es algo distinto… Más grande, más pacífico, más estable. Una sensación que se escapó de mí durante toda la adolescencia. Y me gusta. Me gusta sentir que, pase lo que pase, podré salir adelante. Que las heridas de un rechazo no se tardan en curar. Que una discusión con mi madre no tiene porqué ser el fin del mundo. Que puedo sobrevivir a la interacción social y en ocasiones hasta me puede gustar.

No sé ni siquiera como explicarlo. Sólo sé que dentro de mí hay alguien eufórica, deseosa de disfrutar con todo, incluso con aquello que no siempre resulta agradable. Y por un lado es triste, porque me gustaría compartir esta sensación con otras personas. Me gustaría acercarme a aquellos que se sienten deprimidos, tocarles un hombro y transmitirles lo que estoy sintiendo ahora, para que sepan que la oscuridad es temporal, que la tristeza no tiene porqué durar para siempre y que, de una u otra forma, se puede llegar un punto en la vida que nos sintamos satisfechos.

Estar satisfechos, en paz, no significa que vamos a estar conformes con todo lo que nos pase. Siempre hay malos momentos, tristezas, bajoneos… Pero llega un punto en el que podemos decidir como enfocarlo. Usar esa tristeza para escribir, pintar, componer música, volcarnos en otra persona, whatever. Es el momento cuando entiendes que lo malo es temporal, que no durará para siempre. Llegar a ese punto… Por fin llegar a sentirse satisfecho con lo que hay a tu alrededor, a pesar de que todo vaya en contra es… invaluable. Sencillamente invaluable.

Este año he leído libros espectaculares y siento que en parte ayudaron a forjar a esta nueva persona. La trilogía de Los Juegos del Hambre me hizo ver que ya era hora de dejar de preocuparse del mundo y comenzar a ocuparme de lo que tengo a mano: mi propia vida. La saga de Ender me ayudó a comprender que las relaciones amorosas no sirven de nada si no buscas a alguien con quien crecer como persona. Las ventajas de ser un marginado, Mientras Escribo, Rescate en el Tiempo, La Llamada… Lo cual no deja de ser gracioso, porque son sólo libros que, según algunos, no sirven para nada más que para entretenerse. Anyway, no es un tema para tratar ahora.

La cosa es que estoy aquí, sentada en el suelo de la sala de mi madre, con el cuerpo adolorido, la mente agotada, sin reservas de comida chatarra, sin pareja, sin un título o carrera de alguna clase… Y creo que jamás me sentí mejor. Me gusta quien soy. Me gusta lo que hago, aunque no sea a lo que quiero dedicarme por el resto de mi vida. Me gusta la mayor parte de las personas que me rodea, me gusta mi aspecto, me gustan mis gustos. Por fin puedo pararme y decir “esta soy yo” con orgullo, sin preocuparme de lo que piensen los demás al respecto, sin necesitar la aprobación de nadie. Siento que estoy creciendo. Siento que por fin estoy comprendiendo esos fragmentos que me componen y que, pese a todo, me agradan.

Quizás algún día pueda encontrar una forma de transmitirle esto a otras personas.


¿Por qué me gusta My Little Pony: FiM?

Desde hace poco más de dos años el “inicio” de mi Facebook aparecía plagado de imágenes y referencias a My Little Pony. Como yo vivo bajo una roca, sólo me enteré de la causa de este furor hace un par de meses atrás gracias a esta retrospectiva. Nunca fui muy fanática de los ponies y siempre me ha costado entender porqué son tan populares entre las niñas, pero CR hablaba con tanta pasión de la serie que me fue imposible no darle una oportunidad. Me alegro de haberlo hecho, pues My Little Pony: Friendship is Magic se ha convertido en uno de mis dibujos animados favoritos y también en uno de los preferidos de mi hija Samanta.

Con un título tan cursi es difícil pensar en que la serie tenga un desarrollo relativamente inteligente, ¿cierto? Pero las apariencias engañan. Pese a su aspecto y cursileria, MLP:FiM tiene un contenido que no sólo es apto para personas de todas las edades sino que también me atrevo a declararla una de las mejores series que podemos mostrarle a nuestros hijos por las siguientes razones:

i) Diversos modelos a seguir: Mientras otras series de moda entre niñas pequeñas, como Strawberry Shortcake o Monster High, se ajustan a típicos roles asociados a la mujer, MLP:FiM rompe esquemas y nos presenta una tremenda diversidad de personajes femeninos. Nuestra protagonista podría parecer la típica nerd, pero a diferencia de Ginger (As told by Ginger), Phoebe (Hey Arnold!) o Ghoulia Yelps (Monster High) que desean, ante todo, ser aceptadas, a Twilight Sparkle no le interesa socializar ni hacer amigos. Su único interés son sus estudios, al menos hasta que es enviada a Ponyville. Por fin el interés por los libros y la lectura no es mostrado como un escape para personas tímidas sino una elección libre de alguien que realmente está interesado en el tema.

La serie hace lo posible por romper estereotipos. Rarity, por ejemplo, es la típica chica elegante, interesada en la moda, la costura y las joyas. Por ello todas sus amigas creen que al ser secuestrada será la típica damisela en peligro (A Dog and Pony Show). Sin embargo, ella demuestra ser perfectamente capaz de resolver el conflicto por su cuenta, haciendo uso de las mismas características que a veces la hacen parecer más débil.

Rainbow Dash, Applejack y Scootaloo son las ponies con características menos “femeninas” acorde al estandar popular. Rainbow adora la velocidad y su sueño es volar con los Wonderbolts, los mejores voladores de toda Equestria. Además es una chica ruda, valiente y, porqué no decirlo, un tanto violenta. Applejack es casi la antítesis de Rarity; le molesta la elegancia, no le desagrada ensuciarse y su mayor pasión es cultivar manzanas en la granja de su familia. Además es una excelente atleta, una buena arreadora y, contrario a lo que uno pudiera esperar, también es catalogada como “una de las mejores pasteleras de todas”. Scootaloo, personaje secundario, es una pequeña pegaso admiradora de Rainbow. También ama la velocidad e intenta ser lo más ruda posible para llegar a ser como su heroína.

ii) Desescolarización: Si bien en el universo de MLP sí existe una escuela a la que asisten las ponies más pequeñas, toda la serie se centra en lo que aprenden Twilight y sus amigas en la vida diaria. Nuestra protagonista es enviada a vivir en Ponyville porque la Princesa Celestia, su tutora, quiere que haga amigos, reconociendo así el valor que tiene la interacción social en el aprendizaje. Incluso las ponies que sí van a la escuela (Scootaloo, Sweetie Bell y Applebloom) aprenden más fuera de esta. Hasta ahora (final de la 3ª temporada) la serie no ha mostrado ni un sólo capítulo en donde la lección aprendida tenga relación con la importancia de la escuela.

Todos los aprendizajes de Twilight (y, desde la segunda temporada, los de sus amigas) son enviados a modo de carta a la Princesa Celestia, quién actúa como un receptor pasivo de estos. Ella interfiere sólo si las cosas se ponen graves. Esta actitud me suena mucho a como las familias unschoolers actúan frente a los aprendizajes de sus hijos.

iii) Moral espontánea: Una tendencia habitual en las series infantiles es abordar el aspecto moral de la manera más burda y obvia posible. La cosa suele funcionar más o menos así: un adulto o personaje responsable advierte a los niños que no deben hacer algo, pero estos lo hacen igual, con lo que terminan descubriendo que la persona tenía razón y debieron haberle hecho caso desde un principio. Como en MLP los padres no se mencionan o apenas aparecen los personajes tienen un campo de acción más amplio y se permiten cometer errores sin que nadie les diga que lo son. Pueden descubrirlo por su cuenta, haciendo que dicho aprendizaje sea realmente comprendido tanto por ellas como por la audiencia. Aún cuando cada episodio finaliza con una narración de lo aprendido, no se siente forzado ni se siente como si los creadores de la serie tomaran a los niños por estúpidos.

iv) Respeto por los animales: Tal vez esta sea una de las pocas series en las que no se va a ver ni un solo producto cárnico. Quizás para familias no-veg[etari]anas no parezca importante, pero si crían a un niño bajo los principios del respeto por los otros animales entenderán lo complicado que es tener que explicarle porqué su personaje favorito se está comiendo un pavo. Es agradable poder disfrutar de una serie con la tranquilidad de que todos los personajes son vegetarianos, pero sin que esto resulte un eje de la serie. Cuando se pone énfasis en personajes vegetarianos, como con Sam (Danny Phantom) o Sharon (Braceface), sólo se logra presentar un quiebre con los otros personajes. Esto no siempre es negativo, pero cuando estamos intentando hacer de esto un principio familiar la idea es que no sea visto como algo extraño.

v) El romance no lo es todo: Desde Disney hasta Nickelodeon, las historias infantiles suelen estar rodeadas de amor romántico. De hecho, es el eje principal de muchas historias. Aunque a veces resulta divertido, como el amor que Helga siente por Arnold (Hey Arnold!) o permite abordar temas interesantes, como el amor más allá de las apariencias físicas en La Bella y la Bestia, lo cierto es que se ha abordado el tema hasta el cansancio. A menos que una película o serie infantil decida abordar el amor entre personas del mismo sexo, no necesitamos más historias que aborden el romance. El equipo creativo de MLP parece estar consciente de ello y ninguna de nuestras protagonistas está enamorada. Curiosamente el único personaje protagónico enamorado es el masculino, Spike, un dragón que tiene por objeto amoroso a Rarity.

En el último tiempo he leído muchas quejas en blogs de maternidad sobre la hipersexualización de las niñas en los medios y la ausencia de dibujos animados o series apropiadas para ellos. Y tienen razón: desde hace muchos años los roles femeninos infantiles han estado sumamente limitados al igual que las historias desarrolladas con ellos. Algunos personajes novedosos han visto la luz, pero me parece que nunca antes habíamos podido decir lo mismo de todos los personajes protagonistas de una sola serie. Además, aunque las historias que se abordan son más complejas que las que podemos ver en Caillou o Pocoyo, el colorido, la música y la animación hacen de esta una serie muy atractiva para niñas y niños pequeños (y, por lo visto, también para adolescentes y adultos XD) logrando mantener su atención e incluso su comprensión. Definitivamente la recomiendo. Lo mejor es que es un programa del cual pueden inspirarse muy buenas conversaciones y que podrían disfrutar todos los miembros de la familia.


Práctica docente: más allá de la transmisión de contenidos*

Es muy común leer y escuchar que un profesor debe manejar muy bien todos los contenidos que enseña. Es más, en la actualidad la evaluación docente chilena pone especial énfasis en dichos contenidos. Sin embargo, en Finlandia, país destacado por su excelente educación, los profesores pueden llegar a enseñar más de dos materias sin ser especialistas en ninguna. Allá la importancia radica en las técnicas pedagógicas. Como señala un documento que trata el tema: “Para los alumnos, el objetivo es que se familiaricen con una visión integral del desarrollo humano y con la interacción profesor/estudiante, así como con las teorías científicas sobre educación, aprendizaje y desarrollo, y su aplicación a la docencia y al trabajo del profesor” [1].

Es cierto que los profesores fineses sí estudian los lineamientos básicos de todos los cursos que se enseñan en el sistema escolar de dicho país, por lo que tomemos un caso más extremo: ¿puede un profesor enseñar una materia de la que no sabe nada? Jacques Rancière planteó que sí en su libro El maestro ignorante. Cinco lecciones para la emancipación intelectual (1987) [2]. En el texto, Rancière usa la experiencia de Joseph Jacotot para analizar las teorías en torno a la educación emancipadora, en la que el profesor es un guía y no una enciclopedia con patas.

“La historia comenzó cuando Jacotot, un apreciado filósofo y pedagogo en Francia, se instaló en Bélgica por razones políticas durante la Restauración (1814-1830). Allí fue contratado por la Universidad de Lovaina para enseñar francés. Jacotot, que no sabía una palabra de holandés, distribuyó a sus alumnos una versión bilingüe del Telémaco de Fénelon y los dejó solos con el texto y con su voluntad de aprender. Sorprendentemente, pocos meses después todos eran capaces de hablar y de escribir en francés sin que el maestro les hubiese transmitido absolutamente nada de su propio saber. Jacotot dedujo entonces que sus alumnos habían utilizado la misma inteligencia que usa un niño para aprender a hablar. ¿Qué hace un niño pequeño? Escucha y retiene, imita y repite, se corrige, tiene éxito gracias al azar y recomienza gracias al método. Todo sin ningún maestro” [3].

Maria Montessori también planteó esa posibilidad y en los principios de su pedagogía se señala que “el mayor signo de éxito de un maestro… es ser capaz de decir: «los niños están trabajando como si yo no existiera»” [4]. Este método ha probado ser muy efectivo, tanto en educación preescolar [5], como en la básica [6] y en la media [7].

Pero no sólo los métodos implementados en instituciones sirven. Son miles de familias las que se bajan del sistema cada año para probar con la educación en el hogar, conocida como homeschooling. Su vertiente más “underground”, el unschooling, en lugar de emular la escuela en casa (como hacen algunas familias) desestructura la creencia de que el aprendizaje debe ser sistemático, dividido por materias y aprendido sólo desde ciertas fuentes. El unschooling plantea que estamos siempre aprendiendo y los padres sólo tendrían que darle un cauce a ese aprendizaje, pero no obligarlo ni coartarlo.

Katheleen McCurdy, que educó a sus cinco hijos en casa (y estos a su vez educaron a los 12 nietos de McCurdy de la misma forma) [8], comenta que aun cuando ella no era buena para las matemáticas uno de sus hijos estudió ingeniería: “un padre siempre buscará la forma de que su hijo aprenda lo que quiera” [9]. José Miguel Castro, profesor de la Universidad de Cantabria, plantea que cuando a un niño se lo deja aprender por su cuenta se produce una suerte de deriva que adquirirá sentido más adelante. Pero para eso es necesario que el educador, sea profesor o madre/padre, se convierta en “un asistente que proporciona a quienes participan en este aprendizaje los materiales que necesitan y les asiste en sus necesidades inmediatas, pero que no se adelanta a esas necesidades ni juzga el proceso ni el resultado” [10].

Para aprender no necesitamos profesores que manejen toda la disciplina que van a enseñar. Es más, sería mucho mejor si este asumiera una postura humilde y motivara a los educandos a aprender por sí mismos. Este tipo de educación no sólo muestra resultados visibles en cuanto a aprendizajes, sino que genera una relación horizontal con el educador, otorgando al estudiante la libertad de cuestionar y disentir que tanta falta hacen en las aulas de clases y en la ciudadanía. Ante los problemas ecológicos y sociales que enfrenta nuestra sociedad, individuos que sólo saben repetir viejos conocimientos no sirven. Como planeta necesitamos personas que sean capaces de mirar hacía nuevas perspectivas y claramente el sistema escolar tradicional no lo permite [11]. Pero no sólo hay que mirar lo global, sino también lo personal: los jóvenes difícilmente van a sentirse felices y plenos en un entorno que les impide satisfacer su curiosidad innata y sus propios intereses.

*Texto publicado originalmente en Contrainformación Estudiantil bajo el título de Derribando mitos: 1º El profesor debe saberse los contenidos al derecho y al revés.

Mi experiencia con el Software Libre

La primera vez que intenté usar GNU/Linux fallé estrepitosamente. Fue por el 2007 y un amigo me convenció de instalar Ubuntu -¿a qué no adivinan cómo?- gracias a los efectos de Compiz. Siempre he sido muy independiente para el tema de la computación porque no me gusta esperar a nadie que pueda ayudarme, quiero hacerlo todo de inmediato, así que me largué a instalar Ubuntu sin saber casi nada del tema y más encima en un momento en que usar esta distro no era precisamente sencillo. La cosa es que dejé la embarrada en el computador, no pude hacer funcionar el internet ni mucho menos la tarjeta gráfica y, por ende, los efectos. Ahora entiendo el porqué, pero en ese momento me horroricé y me devolví lo más rápido que pude a Window$ XP.

Durante mucho tiempo estuve diciendo que usar GNU/Linux era demasiado difícil para mí, hasta que apareció JP Neira convenciendo a mi novio de que dejáramos el imperialismo de Micro$oft y él cedió. Nos comprometimos a cambiarnos juntos para ir aprendiendo de a dos. Por suerte esta vez conté con la asistencia de Juan Pablo en todo sentido, pues el cambio no fue sólo por un tema de atractivo visual o gratuidad, sino por razones ideológicas que antes no conocía. Usar Software Libre para mí representó desligarme de un Imperio computacional que comete una serie de “infracciones” a la libertad del usuario como: 1) Prohibirte usar el SO en varios computadores a la vez 2) Cobrarte, no por obtener el disco, sino por la licencia del programa y sistema operativo que deseas 3) Acumular información de cómo usas el SO sin autorización previa 4) Entregar esa información a otras organizaciones 5) Realizar cambios en tu sistema sin previo aviso 6) Crear programas no-compatibles con versiones añejas de Window$ que finalmente te fuerzan a actualizarte y mucho más. Es cierto que se puede ocupar una copia pirata de Window$, pero ¿de qué sirve tener instalado un sistema de una compañía que hace todo para ganar dinero y nada para facilitarte las cosas? ¿No es mejor apoyar proyectos libres, que buscan lo mejor para la comunidad y no para los bolsillos individuales?

Hace un año que uso sólo GNU/Linux en mis computadores y puedo decir que he aprendido muchísimo. He pasado por varias distros: Trisquel, Ubuntu, Kubuntu, Xubuntu, Linux Mint, Debian, Fedora (en estas dos sólo dure unos 10 minutos xD), entre otras que no recuerdo. Mi favorita siempre ha sido Trisquel, tanto por su facilidad de uso, como por el hecho de ser 100% Software Libre. Sólo la dejé de usar en mi netbook Acer Apire One D260 porque tenía una tarjeta Wifi privativa, así que terminé vendiendolo y comprando un notebook compatible.

Pero no quiero meterme en cosas técnicas. Sobre eso hay mucho escrito y la importancia que le doy al Software Libre -y que quiero compartir con ustedes- va mucho más allá de eso. Una de las cosas que más me ha sorprendido es la tremenda comunidad que hay en torno a este tipo de software. Una comunidad servicial, siempre dispuesta a ayudar. Cuando tienes problemas con alguna distro, puedes encontrar muchísimas posibles soluciones facilitadas por usuarios como tú, que tienen un poco más de experticia o experiencia en el área. Porque claro, como señala Stallman, el Software Libre conlleva algo de cooperación y compañerismo porque el código de los programas y su creación deja de ser un conocimiento secreto de unos cuantos para ser algo que cualquiera con algo de voluntad y tiempo pueda aprender.

¿Inconvenientes? La mayoría han sido técnicos, como la incompatibilidad del hardware (provocada no por GNU/Linux, sino por los drivers de algunas empresas que siguen siendo de código cerrado y/o privativo), pero durante un tiempo igual me afectó la falta de costumbre y la ausencia de juegos conocidos (no la ausencia de juegos, porque GNU/Linux cuenta con una amplia gama de ellos). Nada insuperable, nada que no valiera la pena por una buena causa. Bueno, por una causa y por la otra serie de factores que podrán encontrar en cualquier lado: seguridad, estabilidad, gratuidad, velocidad y, lo más importante, libertad (de usar, compartir, indagar, aprender).

Este 24 de enero se vota en USA una ley que nos afectara a todos: Stop Online Piracy Action (SOPA). Si bien cuenta con muchos opositores, es posible que se lleve a cabo igual. ¿Qué hacer ante esto? Mi respuesta sería volcarnos hacía la comunidad libre. Escuchar y descargar música sin derechos de autor, usar Software Libre, descargar libros de autores que suben sus publicaciones de manera gratuita a la red, etcétera. Porque por más que SOPA se detenga ahora, los poderosos van a seguir lloriqueando para controlar el internet. Fomentar la comunidad libre los deja desarmados. Nos jodemos a sus grandes compañías a través del boicot, de paso no hacemos un sacrificio tan grande porque tenemos alternativas y fomentamos la libertad y la cooperación.


Hacer activismo con los hijos

Hace un tiempo discutía con varias personas que pertenecen a una agrupación de padres y madres veg[etari]anos. La discusión se armó cuando una madre llegó diciendo que se había dado cuenta que imponer cualquier idea, por buena que pareciera, no era un acto de amor, así que había decidido permitirle a su hija elegir si comer carne o no. Ya estaba harta de armar una guerra en torno a la comida. Su posición me pareció sumamente acertada y la comparto: es más, desde que supe que estaba embarazada tuve claro que Samanta sólo iba a ser vegetariana hasta que adquiriera conciencia sobre sus alimentos. Si luego quiere comer carne, yo misma se la cocinaría.

La cosa es que después del comentario de la señora, llegaron montones de personas a decir que cosas como “nosotros sabemos lo que es mejor para nuestros hijos” y “los niños tienen que aprender a confiar en sus padres y comer lo que se les sirve en la mesa”, lo cual me pareció sumamente gracioso porque esas mismas personas son las que en algún momento tuvieron que batallar con sus propios padres para poder ser veg[etari]anos. También comentaban cosa como “si mi hijo quiere comer carne, que lo haga fuera de mi casa”. Postura que tampoco consideré coherente debido a que si es uno el que cocina carne en su casa al menos puede buscar granjas tradicionales para asegurarse que el animal no ha sido criado en tan malas condiciones como las industriales.

Gracias a ese debate me puse a pensar en uno más amplio: ¿es válido hacer activismo con nuestros hijos? Mi respuesta es que no. Una de las razones de mi negativa es que si uno intenta motivar o imponerle a los hijos que crean en lo mismo que uno al final la cosa resulta al revés. De tanto oír a tus padres predicarte una cosa, terminas quedando chato y con ganas de hacer todo lo contrario, quizás no siempre de manera consciente. Pero la otra razón, aún más importante, es que no es “justo” para el niño estar recibiendo el constante adoctrinamiento de sus padres, sea este relacionado con la alimentación, con su comportamiento o con su sexualidad.

Una cosa es predicar a personas que no viven con uno y sobre las que no tenemos ninguna influencia inherente. Pero otra muy diferente es joder a los niños día tras día con discursos sobre lo que comen, lo que hacen, lo que leen, lo que ven, etcétera. Por ejemplo, para abordar el consumo de carne con los hijos creo la cosa debe ser más bien casual: que el tema surge y se comente, pero no como algunos padres pretenden hacerlo: mostrar documentales, fotos, hacer comentarios a cada rato… Yo lo viví en el sentido inverso, pues a mi madre no le agradaba que fuera vegetariana y es terrible saber que cada comida tiene un potencial riesgo de que alguien llegue y te dé discursos sobre ello.

Con esto no quiero decir que no se pueda conversar con los hijos o entregar tu punto de vista. Sólo me parece necesario diferenciar esto de la prédica. La conversación es casual, breve, permite al otro entregar sus puntos de vista sin menospreciarlos y permite la retroalimentación. La prédica, por el contrario, es extensa, insistente y contiene el peso de la autoridad, por lo que no permite contradicciones. Yo soy vegetariana por compasión hacía los animales (humanos y no humanos) y hacía la naturaleza, pero aún así no me gustaría inculcarle a mi hija esos valores. Sí hablarle de ellos, enseñarle y mostrarle lo que sufren los animales, pero inculcarlo, entendiendo esto como la constante repetición de ideales o la obstinación de lo que se siente y se prefiere, no. Por la simple razón de que no quiero ponerle etiquetas, ya sean religiosas, morales o psiquiátricas. Que ella elija sus propias etiquetas. Yo puedo enseñar, por supuesto, pero como ya dije, no me gustaría inculcar.

Obligar a nuestros hijos a ser vegetarianos o veganos es adoctrinar, por más que se cubra de palabras bonitas. El mismo lenguaje es utilizado por personas que obligan a sus hijos a rechazar a los homosexuales, negros, etcétera. Aún cuando tengo plena seguridad de que lo correcto es no comer animales, especialmente de aquellos que provienen de la industria, si obligo a mi hija a seguir lo que yo pienso -por más argumentos que tenga a mí favor- estaré adoctrinándola.

Si de verdad a alguien le interesa que sus hijos sigan ciertos valores o se comporten de cierta forma, pues debieran predicar con sus acciones: la única carta válida es dar el ejemplo (los niños generalmente hacen lo que ven y no lo que les digan que hagan). Y claro, también es posible que los hijos no hagan lo mismo que nosotros, pero ¿cuál es el problema? Puede que los hijos salgan de nuestro cuerpo, pero al fin y al cabo están destinados a ser seres autónomos, con su propia forma de pensar.

Hay una imagen que me enviaron una vez en donde unos padres vestidos como punks se despiden de su hijo vestido con un terno y se preguntan qué hicieron mal. Imagino que la persona quería decir que eso me iba a pasar a mí. Me causo una gracia triste, porque esa es la regla: padres que se decepcionan de sus hijos sólo porque estos hacen lo que uno no quiere que hagan. En mi caso tengo bien claro que quizás mi hija no sea como yo y no profese mis valores. ¿Me sentiré decepcionada? Jamás. Mientras sea feliz, mientras elija lo que ella considere correcto, me sentiré triunfante como madre. Por cierto, no se imaginan la tristeza que me invade el escuchar a adolescentes diciendo que ojalá sus padres fueran así…


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