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Hacer activismo con los hijos

Hace un tiempo discutía con varias personas que pertenecen a una agrupación de padres y madres veg[etari]anos. La discusión se armó cuando una madre llegó diciendo que se había dado cuenta que imponer cualquier idea, por buena que pareciera, no era un acto de amor, así que había decidido permitirle a su hija elegir si comer carne o no. Ya estaba harta de armar una guerra en torno a la comida. Su posición me pareció sumamente acertada y la comparto: es más, desde que supe que estaba embarazada tuve claro que Samanta sólo iba a ser vegetariana hasta que adquiriera conciencia sobre sus alimentos. Si luego quiere comer carne, yo misma se la cocinaría.

La cosa es que después del comentario de la señora, llegaron montones de personas a decir que cosas como “nosotros sabemos lo que es mejor para nuestros hijos” y “los niños tienen que aprender a confiar en sus padres y comer lo que se les sirve en la mesa”, lo cual me pareció sumamente gracioso porque esas mismas personas son las que en algún momento tuvieron que batallar con sus propios padres para poder ser veg[etari]anos. También comentaban cosa como “si mi hijo quiere comer carne, que lo haga fuera de mi casa”. Postura que tampoco consideré coherente debido a que si es uno el que cocina carne en su casa al menos puede buscar granjas tradicionales para asegurarse que el animal no ha sido criado en tan malas condiciones como las industriales.

Gracias a ese debate me puse a pensar en uno más amplio: ¿es válido hacer activismo con nuestros hijos? Mi respuesta es que no. Una de las razones de mi negativa es que si uno intenta motivar o imponerle a los hijos que crean en lo mismo que uno al final la cosa resulta al revés. De tanto oír a tus padres predicarte una cosa, terminas quedando chato y con ganas de hacer todo lo contrario, quizás no siempre de manera consciente. Pero la otra razón, aún más importante, es que no es “justo” para el niño estar recibiendo el constante adoctrinamiento de sus padres, sea este relacionado con la alimentación, con su comportamiento o con su sexualidad.

Una cosa es predicar a personas que no viven con uno y sobre las que no tenemos ninguna influencia inherente. Pero otra muy diferente es joder a los niños día tras día con discursos sobre lo que comen, lo que hacen, lo que leen, lo que ven, etcétera. Por ejemplo, para abordar el consumo de carne con los hijos creo la cosa debe ser más bien casual: que el tema surge y se comente, pero no como algunos padres pretenden hacerlo: mostrar documentales, fotos, hacer comentarios a cada rato… Yo lo viví en el sentido inverso, pues a mi madre no le agradaba que fuera vegetariana y es terrible saber que cada comida tiene un potencial riesgo de que alguien llegue y te dé discursos sobre ello.

Con esto no quiero decir que no se pueda conversar con los hijos o entregar tu punto de vista. Sólo me parece necesario diferenciar esto de la prédica. La conversación es casual, breve, permite al otro entregar sus puntos de vista sin menospreciarlos y permite la retroalimentación. La prédica, por el contrario, es extensa, insistente y contiene el peso de la autoridad, por lo que no permite contradicciones. Yo soy vegetariana por compasión hacía los animales (humanos y no humanos) y hacía la naturaleza, pero aún así no me gustaría inculcarle a mi hija esos valores. Sí hablarle de ellos, enseñarle y mostrarle lo que sufren los animales, pero inculcarlo, entendiendo esto como la constante repetición de ideales o la obstinación de lo que se siente y se prefiere, no. Por la simple razón de que no quiero ponerle etiquetas, ya sean religiosas, morales o psiquiátricas. Que ella elija sus propias etiquetas. Yo puedo enseñar, por supuesto, pero como ya dije, no me gustaría inculcar.

Obligar a nuestros hijos a ser vegetarianos o veganos es adoctrinar, por más que se cubra de palabras bonitas. El mismo lenguaje es utilizado por personas que obligan a sus hijos a rechazar a los homosexuales, negros, etcétera. Aún cuando tengo plena seguridad de que lo correcto es no comer animales, especialmente de aquellos que provienen de la industria, si obligo a mi hija a seguir lo que yo pienso -por más argumentos que tenga a mí favor- estaré adoctrinándola.

Si de verdad a alguien le interesa que sus hijos sigan ciertos valores o se comporten de cierta forma, pues debieran predicar con sus acciones: la única carta válida es dar el ejemplo (los niños generalmente hacen lo que ven y no lo que les digan que hagan). Y claro, también es posible que los hijos no hagan lo mismo que nosotros, pero ¿cuál es el problema? Puede que los hijos salgan de nuestro cuerpo, pero al fin y al cabo están destinados a ser seres autónomos, con su propia forma de pensar.

Hay una imagen que me enviaron una vez en donde unos padres vestidos como punks se despiden de su hijo vestido con un terno y se preguntan qué hicieron mal. Imagino que la persona quería decir que eso me iba a pasar a mí. Me causo una gracia triste, porque esa es la regla: padres que se decepcionan de sus hijos sólo porque estos hacen lo que uno no quiere que hagan. En mi caso tengo bien claro que quizás mi hija no sea como yo y no profese mis valores. ¿Me sentiré decepcionada? Jamás. Mientras sea feliz, mientras elija lo que ella considere correcto, me sentiré triunfante como madre. Por cierto, no se imaginan la tristeza que me invade el escuchar a adolescentes diciendo que ojalá sus padres fueran así…


El mundo de los bebés

El mundo de los bebés es un documental hecho para dilucidar qué métodos son más efectivos para criar a un bebé durante sus primeros meses de vida. Tal promesa, como suele suceder con este tipo de documentales, no se cumple y el programa termina con una frase muy habitual cuando se trata de m(p)aternidad: “todos los métodos sirven, dependiendo de la familia”. Una frase cliché que se aplica en algunos puntos, pero no en todos, pues hay cosas que sí son mejores que otras independiente de la familia o la cultura en la que se este inmerso.

Si bien leí Tu hijo del doctor Spock y El Concepto del Continuum de Jean Liedloff, no estuve familiarizada con Truby King hasta después de ver El mundo de los bebés, pero sí leí Duérmete, niño de Eduard Estivill, que vendría a ser el análogo de King. He leído sobre cada una de estas perspectivas desde que quedé embarazada. Mucha gente me ha hecho comentarios referente a eso. Me preguntan si acaso creo necesario leer libros para criar a mi hija. Y lo cierto es que sí, los necesito. No para tener un manual de instrucciones, sino para obtener otros puntos de vista. Como bien señalan muchos padres, vivimos en una época de incertidumbre y recibimos montones de información. Conocer los distintos puntos de vista nos ayuda a elegir un camino que, de preferencia, no esté marcado por exigencias externas, sino por lo que esperamos al formar una familia (con veracidad sobre los resultados, por supuesto. Como podrán comprobar más adelante, muchos de estos métodos se escudan bajo mentiras para venderse).

Con respecto al documental, trataré de examinar los principales puntos de las teorías de cada autor para que puedan comprobar lo irresponsables y adultocéntricos que han sido los productores de El mundo de los bebés al sugerir que todos los métodos sirven.

ADVERTENCIA: Aunque parezca obvio decirlo, sugiero que para efectos de una óptima lectura vean el documental completo antes de leer mis comentarios y observaciones.

  • LACTANCIA MATERNA:Es curioso que en el documental sólo Claire Scott (la “mentora” que se basa Jean Liedloff) promueva la lactancia materna. Curioso, pues se supone que el concepto del documental es seguir los tres “manuales” elegidos y todos los autores recomiendan la lactancia materna.Como señalé antes, existen puntos que no dependen de la familia o la cultura y este es uno de ellos. Los beneficios de la lactancia materna tanto para la madre como para el bebé están ampliamente documentados [1] [2] [3] [4] [5] y las tribus indígenas comprendían dichos beneficios sin necesidad de hacer estudios sobre el tema. Por supuesto, no se trata de imponer, pero creo que es necesario que las madres conozcan todos esos beneficios al momento de elegir que alimentación van a otorgar a sus hijos. Si estos beneficios no se conocen, se suele caer en el error de creer que es lo mismo alimentar a un bebé con leche de vaca, leche maternizada o leche materna.Si bien todos los autores recomiendan la lactancia materna, sólo Truby King establece horarios, lo cual no está recomendado en la actualidad, pues es mejor tanto para el bebé como para una adecuada producción de leche que el lactante mame a demanda [6] [7].
  • DORMIR:En este punto podemos encontrar más desacuerdos. Para Liedloff lo más apropiado es que los bebés duerman con sus madres hasta que ambos quieran. De esta forma se continúa la lactancia materna a demanda durante la noche, la madre duerme mejor pues no debe levantarse a cada momento y el bebé duerme más tranquilo al estar en contacto con su progenitora. Para respaldar esta tesis la antropóloga argumenta que los bebés, por cuestiones evolutivas, necesitan dormir acompañados. De preferencia por sus madres.Para Spock, el bebé debía dormir en la habitación de sus padres los primeros tres meses y luego se lo debía cambiar de habitación y dejarlo llorar hasta que se resignara y aprendiera a dormir solo, pues según el doctor un bebé a esa edad sólo llora de rabia por no poder estar con sus padres (N/A: ¿y eso es menos importante?).Para Truby King, un bebé debía dormir solo en su habitación desde que nacía y los padres debían dejarlo llorar. Sus principales argumentos están enfocados en la creencia de que los bebés son seres manipuladores y que por ello los padres no debemos ceder a sus demandas, si no a la inversa.

    Nuevamente, una de las mentoras no cumplió con lo que se señalaba en su manual. Es cierto que una de las premisas de Spock era que la madre sabía más de lo que creía, pero aún así él establece muchísimas reglas que Trina Hamilton pasa por alto. La permisividad que se le achaca a Spock surge más bien de la comparación porque claro, si lo ponemos al lado de alguien como Truby King, Spock es sumamente permisivo.

    En cuanto al colecho se dice mucho. Lo cierto es que en pediatría no existen estudios concluyentes. La UNICEF recomienda el colecho para mantener la lactancia materna y sólo advierte los posibles peligros de la cama, que pueden ser prevenidos [8]. Otros estudios señalan que el colecho es una mala práctica porque no consideraría las reales necesidades del niño [9], sin embargo me parece necesario recalcar la contradicción que supone que esas necesidades reales sean las que plantee el pediatra y no las que exprese el niño (ya sea a través de su llanto o con palabras en edades posteriores).

    Uno de los principales motivos que se usan para desaconsejar el colecho es que los hijos se “mal acostumbran” y que luego es imposible sacarlos de la cama y/o enseñarles correctos “hábitos del sueño”. Lo cierto es que los estudios con respecto a esto último demuestran que el colecho permite que los niños duerman bien, no existen riesgos de que luego no quieran salir de la habitación de sus padres (como suele preguntar Carlos Gonzalez: ¿alguien conoce a un niño de 15 años que duerma con sus padres?) y sólo es necesario tomar las medidas necesarias para que la cama no sea peligrosa para el bebé [10] [11]. Es más, algunos estudios incluso plantean que el colecho fomenta la lactancia materna y ayuda al bebé a dormir mejor [12].

    ¿Qué método resulta mejor? Mientras no se deje llorar a los niños solos en su habitación (a continuación me enfocaré en el tema del llanto), se los mantenga en su cuarto los seis primeros meses (para evitar el riesgo de muerte súbita) y se los respete, cualquier forma de dormir es buena para el niño.

  • LLANTO: Con respecto al llanto, Spock consideraba que después de los tres meses el bebé sólo llora para manipular, por lo que si sus necesidades básicas están cubiertas hay que dejarlo solo. Truby King también pensaba así, pero lo extendía desde el nacimiento del bebé. En oposición a ambos, Liedloff plantea que el llanto siempre es una forma de comunicar algo, por lo que los padres deben prestarle atención e intentar calmarlo.La mayoría de los estudios hechos sobre el llanto de los bebés (los estudios de verdad, no los de Estivill en donde se cita a sí mismo o cita a discípulos que lo citan a él) confirman que dejar llorar solo a un bebé le puede causar daños ya sea en su infancia o más adelante. La mayoría de los “expertos” que sugieren dejar a los bebés llorar o las familias que siguen estos modelos aseguran que estos dejan de llorar. Eso sucede porque el bebé adquiere algo que han llamado como “indefensión aprendida”: como el bebé sabe que no puede contar con quiénes lo rodea, deja de llorar [13]. No es que los bebés “aprendan” que deben dormirse solos, sino que se resignan a que nadie los ayudará.Aún considerando lo anterior, es debido mencionar que el llanto no es totalmente negativo. Este tiene funciones terapéuticas, por lo que no hay que sentir tanta presión cuando el bebé llora, sólo hay que intentar calmarlo y si no funciona, hacerle compañía para no aumentar su angustia [14] [15].
  • CARICIAS Y ATENCIÓN: Tanto Spock como Liedloff concordaban en que el cariño era fundamental para el bienestar del bebé y de la madre y en que no existe un parámetro de cuánto cariño o atención debe recibir el lactante. Por el contrario, Truby King planteaba que era necesario dejar a los bebés solos la mayor parte del tiempo y disminuir las caricias lo máximo posible para criar niños menos individualistas. En el documental podemos ver como Claire Varity sólo permite que la madre sostenga a su hijo por diez minutos y que al darle mamadera tiene que mantener al bebé lo más distanciado posible de sí misma.Actualmente los estudios apoyan las tesis de Spock y de Liedloff. Las caricias producen endorfinas (inhibidoras de las fibras nerviosas que transmiten el dolor y analgésica. Produce sensación de bienestar) y disminuye el cortisol (hormona que se produce en respuesta al estrés y que segregada a largo plazo puede causar diversos daños [16]).
  • OPINIÓN PERSONAL SOBRE LAS MENTORAS Y LOS MÉTODOS UTILIZADOS:Una de las mayores impresiones que me lleve al escuchar a Claire Varity, mentora del método Truby King, es su forma de ver a los hijos como “enemigos” a los que hay que doblegar. Además, está hablando todo el tiempo sobre como los padres deben “recuperar la normalidad”. Entonces, ¿para qué tienen hijos? ¿Cuál sería el sentido de tener hijos si no se cambia, si no se cree en la sabiduría que ese cambio nos puede aportar? Digo, si alguien quiere dedicarse a dar fiestas, pasarlo bien y dormir en paz, lo último que debe hacer es tener hijos. Es notable la pregunta de Trina Hamilton: “Si vas a apartar a tus hijos la mitad del día, ¿para qué los tienes?”.Creo que los hijos vienen a cambiarlo todo y es justamente la gracia de tenerlos. Nuestros esquemas se rompen y somos capaces de aprender cosas nuevas. Es cierto que no hay que dejar todo de lado al tener hijos y que estos también también tienen que adaptarse a uno. Pero eso debe ser de manera gradual, con algunos sacrificios y también aprendiendo a hacer las cosas de formas diferente.Cuando nos vamos a vivir con una pareja o incluso con un grupo de amigos tenemos que comenzar a cambiar parte de nuestro estilo de vida. Pues con los bebés pasa lo mismo. Negarse al cambio es negar uno de los principales factores que nos permite sobrevivir.

    A Claire Scott, mentora del método de Jean Liedloff, también le encuentro sus contra. Si bien concuerdo con casi todo lo que dice, no me gusta su forma de argumentarlo, siempre recurriendo a la falacia ad antiquitatem, ya que “siempre se ha hecho así” es un argumento fácilmente refutable (¡Ojo! Liedloff no argumenta de la misma forma). Es más, si apelamos a lo “natural”, pues el cambio está dentro de nuestra naturaleza y podemos buscar formas de hacer las cosas de manera diferente sin que ello sea perjudicial.

    Concuerdo con ella en respetar los ritmos del bebé, pero pienso que esos ritmos pueden ser respetados en una cuna y en un coche, no sólo en un porta-bebés y durmiendo al lado de sus padres.

    Trina Hamilton, por su parte, no sigue los planteamientos de Spock. No es la gran crítica, pero sí es debido señalarlo, ya que la premisa del documental indica que estas mentoras seguirán los libros al pie de la letra. Con respecto a sus métodos, Hamilton señala que si uno no quiere darle pecho al bebé no tiene que sentirse culpable, pero me parece algo negligente no informarle a esas madres que la mejor opción es la lecha materna, tanto por un tema nutricional como afectivo. No es obligarles, por supuesto, pero sí mostrarles cómo son las cosas. Al menos en el tema de la lactancia materna sí existen hechos demostrables que respalden sus beneficios y que una “experta” los pase por alto no me parece bueno. Sí me gustó eso de “deja las cosas que no son importantes y recarga tus pilas” y también lo de aceptar toda la ayuda posible.

  • SOBRE EL DOCUMENTAL: Como ya señalé varias veces, una de las fallas del documental es que las mentoras no siguen las lecturas al pie de la letra. Sin embargo, una crítica mucho más importante es que los métodos utilizados sólo estudian los primeros tres meses de vida. Las secuelas de la primera infancia pueden verse sólo años después, por lo que no se puede concluir que un método es buen enfocándose en tres meses de vida. Sólo Claire Scott demostró con hechos que los niños criados bajo el concepto del continuum obtienen bienestar e independencia, cosas que ella prometió.También es importante destacar que en el documental no señalan qué métodos están pensados en el bienestar de los padres (en su época, King y Spock hicieron sus planteamientos pensando en el bienestar de los bebés, pero hoy sólo se siguen implementando pensando en la comodidad de los adultos) y cuáles en el bienestar de los bebés. 

10 cosas que he aprendido de mi hija

“10 cosas que he aprendido de mi hijo es un carnaval de blogs cuyo propósito es hacernos reflexionar, compartir, reír, emocionarnos y facilitarnos una mirada en retrospectiva acerca de cuánto hemos aprendido desde que emprendimos el camino de la maternidad.”

El blog Amor Maternal propone este juego para que veamos en retrospectiva qué hemos aprendido de nuestros hijos porque, como señala el lema de la página, tener un hijo es la mejor escuela. Hace 9 meses y 17 días nació Samanta, mi hija. Desde entonces siento que he aprendido mucho más que toda una vida: no sólo aprendo sobre crianza y la conozco mejor, sino que siento que conozco mejor a todos quienes me rodean y a mí misma. Incluso veo el mundo bajo una nueva luz . Por lo mismo es difícil elegir sólo 10 cosas que he aprendido de mi hija, pero acá van:

1. Aprendí que dar de mamar puede ser gratificante y hasta placentero.

2. Aprendí a ser más empática: ahora si alguien tiene un carácter difícil o hace algo desagradable, me pregunto como habrá sido su infancia.

3. Aprendí a no seguir consejos sin investigar primero y a poner mis instintos en primer lugar.

4. Aprendí que no hay que tener mil armatostes raros para que un bebé se entretenga. ¡Cualquier cosa es un juguete para un bebé, incluso sus padres :P!

5. Aprendí a disfrutar cada uno de los momentos con ella al máximo.

6. Aprendí que el cliché de “no hay amor más fuerte que el de madre” es completamente cierto.

7. Aprendí que dormir con mi hija es lo más rico del mundo, sin importar lo que el resto diga al respecto.

8. Entendí porque mi madre se asusta tanto cada vez que corremos peligro, aún cuando este sea imaginario.

9. He aprendido que los únicos horarios los pone Samanta y que, mientras más tiempo paso con ella, más se adapta a nuestro estilo de vida.

10. ¡Aprendí que realmente disfruto ser madre!


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