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Sociedad adultocéntrica

Desde que nació Samanta el hecho de que vivimos en un mundo “adultocéntrico” se ha hecho cada vez más visible para mí. Caminar por la calle con un bebé que quiere mamar te hace notar que en realidad no existen muchos lugares para detenerse a hacerlo y si te sientas en el pórtico de alguna tienda no falta quién te mire mal por obstaculizar la vista de la vitrina o algo así. Ahora entiendo a los pobres padres cuyos bebés lloran en lugares cerrados. Se siente una tremenda frustración, porque no sabes como calmar a tu bebé, pero tampoco quieres que el resto te mire con cara de “asesinaré a tu hijo si no lo callas de inmediato”. Y la guinda de la torta, es ver como las opciones de lugares a dónde ir se reducen a unos cuántos parques y, por suerte para los capitalinos, a la Biblioteca de Santiago (también se puede ir a un mall, pero entre quedarme en la casa e ir a un mall…).

Hace un tiempo comenzó a aparecer la tendencia free child que, contrario a lo que hubiera deseado A.S Neill, no se trata de niños libres sino de servicios libres de niños. Hoteles, restaurantes, aviones, entre otros, en donde no se permite el ingreso de niños menores de cierta edad. Si bien la tendencia me parece aberrante, creo que es sólo la manifestación clara y honesta de lo que realmente siente la mayor parte de la gente hacía los niños: que son un estorbo. Por algo toda la sociedad está estructurada de una manera en donde los niños no tienen cabida. Al menos no solos. No es posible dejar a un niño sin restricciones en una tienda, ni en la calle, ni en un restaurant y los padres sabemos no sólo lo difícil que es “controlar” a un niño en esos lugares, sino lo mucho que aprenderían si no tuviéramos que hacerlo por los riesgos que eso conlleva.

¿Que los niños son el futuro? Sí, muchos lo dicen. Pero en ese cliché la palabra clave es “futuro” porque demuestra su verdadero interés, que no son los niños. Lo que realmente interesa es el niño en potencia, lo que el niño puede llegar a hacer por ellos, por el futuro, por el mundo, pero no le dan importancia al niño en sí mismo. No les interesa castigar, reprimir o sermonear a un niño con tal de que en algún momento cambie su manera de ser y se convierta en lo que desean que sea. No importa si un niño es feliz destrozando juguetes, porque lo que realmente importa no es la felicidad del niño sino las expectativas en torno a él.

¿Han notado que nadie promueve darle el asiento a los niños en el transporte público? ¿O que le pedimos favores a los niños constantemente, creyendo que están menos cansados que nosotros o que lo que están haciendo es menos importante? ¿Han notado que cada vez son menos las madres que amamantan porque ven primero su comodidad y no la del niño? ¿O que el primer reparo en cuanto a criar niños libres es la molestia que vamos a sentir a causa de ese tipo de crianza? ¿Han notado que muchas parejas homosexuales no tienen reparo en contratar un vientre de alquiler, sin pensar en el dolor que puede sentir una criatura al ser separada de su madre? Todo esto es síntoma de una sociedad adultocéntrica, en donde los niños aún no tienen cabida. ¡Si ni siquiera nuestros hogares son aptos para niños! No sirve de nada establecer mil políticas en torno a la familia si como sociedad no comenzamos a cambiar esa actitud frente a los menores de edad. No sirve de nada ser anarquista si vamos a querer conducir las vidas de nuestros hijos. No sirve de nada ser anti especista si vamos a discriminar a otros seres humanos por su edad.

Lo único terrible (y al mismo tiempo, una de las tantas cosas maravillosas) de haber tenido a Samanta es que ahora me doy cuenta que yo también estuve participando durante muchos años en ese “juego”. Que, emulando a mi madre, le grité a mis hermanas y las hice callar. Que critiqué a niños por llorar en el supermercado o por no quedarse quietos en una sala de clases y me quejaba si un bebé lloraba en una micro. Y, en cierta forma, entiendo a la gente y por lo mismo aquí no quiero hacer una condena sino un llamado de atención. Quiero que abramos un poco las mentes y nos demos cuenta de que, si quisiéramos, podríamos crear una sociedad en donde los niños sí tengan cabida. Que podemos convivir con ellos sin necesidad de caer en el juego de poder y que hay tanto, ¡tanto!, que aprender de ellos que el cambio es realmente necesario. Si vamos a decir que los niños son el futuro, al menos tengamos el reparo de otorgarles un buen presente.

“Nada, nada me agrada más
que ver a los niños jugando, descubriendo
sus instintos tersos y sus músculos flexibles, con esas risas
impredecibles como las rutas del viento. Ellos sí que saben
actuar como dioses, engendrar especies y mundos, dialogar
con los animales a empujones y balbuceos, venerar
los espíritus del barro y de las aguas. No acostumbro
pedirles nada a mis criaturas, pero hoy día les suplico
una sola cosa: dejen en paz a mis niños, no me los envejezcan
antes de tiempo, no enturbien sus inteligencias. Yo, el Señor, se lo pido
humildemente, por favor [...]

No entristezcan, no corrompan, no levanten
sus manos contra mis niños. Déjenlos en paz, permítannos
a ellos y a Mí ser divinos: bañarnos en las fuentes de las plazas,
mearnos en el parqué y los pantalones,
llorar y matarnos de risa en sus iglesias y barbas:
así, malmirados pero felices, estamos bien. Ustedes tienen razón, después de todo:
ustedes son los grandes, los maduros, pero olvidan
que lo único que le falta al fruto maduro es podrirse.”

- Marcelo Fuentes.


El periodismo ataca de nuevo

El diario chileno Las Últimas Noticias no se caracteriza precisamente por su prolijidad a la hora de investigar. Es más, LUN suele ser un periódico más de farándula que de cualquier otra temática más relevante y por lo mismo, a veces resulta ilógico dedicar tiempo y esfuerzos a rebatir sus artículos. Sin embargo, también hay que considerar que es uno de los diarios más vendidos del país y que la población suele tomar la perspectiva periodística como si de expertos se tratara. Por esto último, quisiera dedicar una entrada a rebatir el artículo “Veganos: no comen nada que tenga ojos“, escrito por Máximo Peralta.

Máximo Peralta comienza su artículo con el pie izquierdo afirmando que los veganos no consumen ciertos tipos de levaduras. Probablemente su comentario se deba a que la levadura está hecha de hongos, que son seres vivos. Sin embargo, los hongos se asemejan más a las plantas que a los animales, pues son seres vivos no sintientes. Un poco de investigación en las principales páginas sobre el tema hubiera dado al autor una idea mucho más clara de que puede o no consumir un vegano (en Conciencia Animal, Euroveg y Vegetarianismo.net el consumo de levaduras está recomendado en una dieta vegana).

Luego, Peralta menciona el caso de la familia vegana Le Moaligou. Esta familia francesa ha sido muy mencionada los últimos días debido a que su hija de 11 meses murió de desnutrición. Gran parte de la prensa mundial, LUN incluido, han achacado esa muerte al veganismo, sin considerar los principales factores que causaron la muerte de Louise:

- La familia Le Moaligou no sólo era vegana, sino también naturista. No creían en la medicina occidental, por lo que no llevaban a su hija al control pediátrico correspondiente. Esto se pone peor cuando se informa que Louise tenía una bronquitis crónica no tratada. Como ideología, el veganismo no se opone a la medicina. 

- Louise era alimentada exclusivamente con leche materna. Esto no sería un problema de no ser que la lactancia exclusiva sólo es recomendada hasta los 6 meses: luego se deben incluir otros alimentos que la beba de 11 meses no consumía.

- Los medios también han señalado que la leche de Sergine, la madre, no tenía los nutrientes necesarios debido a su veganismo, sin considerar que estudios hechos en países africanos han demostrado que la leche materna es nutritiva incluso si la madre sufre de desnutrición. Por supuesto, lo óptimo es que la madre esté bien nutrida, pero si esto no sucede sigue siendo poco probable que un bebé muera de desnutrición siendo amamantado.

En el fondo, el artículo de Peralta termina mezclando un montón de cosas para dar la impresión de que el veganismo es una dieta poco saludable. Crea fantasmas donde no los hay y propicia que los padres que optan por alimentar a sus hijos bajo tal régimen sean mal vistos y criticados. Imagino que también es un artículo que puede crear conflictos en los hogares donde los jóvenes siguen tal dieta. Pero claro, no importa crear conflictos y escribir un artículo mediocre y desinformado con tal de cumplir con la pega.


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